Al iniciar este año una serie de desafíos se posan sobre nuestra colectividad y muchos de ellos –cuando no la totalidad- conllevan implicaciones en materia ambiental.
Por lo pronto, parece oportuno señalar algunos de los más notorios (según mi criterio) sin pretender por ello efectuar un listado exhaustivo de la multitud de iniciativas, proyectos y actividades que con cierto grado de premura deberán atenderse en el país.
Durante este 2009, como sociedad deberemos tomar una decisión sobre la conveniencia o no de la actividad minera, las medidas para disminuir la dependencia de combustibles fósiles en transporte (que sin embargo se verán desincentivadas por la baja coyuntural en el precio del petróleo), la adecuación de varias normativas que requieren actualizarse (como la Ley de Recurso Hídrico) o el nacimiento de nuevas normas imprescindibles como la Ley general de Desechos Sólidos que se discute en la Asamblea Legislativa.
Igualmente, tendremos que decidirnos de una vez por todas a acelerar los megaproyectos de infraestructura, especialmente los proyectos hidroeléctricos de gran escala que son beneficiosos e imprescindibles a una escala nacional.
Ya tendremos ocasión, durante los próximos meses de abarcar a profundidad estos y otros temas relevantes que se perfilan en la agenda nacional y ambiental para este 2009.
A modo de reflexión inicial para este nuevo año, quisiera aportar un breve comentario sobre el principal desafío –de orden mental y que cubre al resto- para estos próximos meses.
El 2008 permitió identificar un conflicto ideológico y conceptual que separa a los tomadores de decisión en todos los ámbitos. Cómo hace tiempo no se percibía, se ha promovido una idea en particular y es que el poder ejecutivo actúa con poca sensibilidad ambiental y que el interés primario del Gobierno consiste en asegurar que la inversión –tanto nacional como extranjera- no se vea frenada por consideraciones ambientales excesivas.
Esta afirmación ha sido señalada, en otros términos pero con la misma connotación por el Presidente en varias oportunidades, especialmente en ocasión del intenso (mas breve) debate sobre la Mina Las Crucitas.
Y de esta manera, tanto diputados -iniciando por la propia bancada oficialista-, como activistas ambientales han declarado su inconformidad con una promesa que consideran rota: Paz con la Naturaleza.
Esta disputa no es ni novedosa ni extraña. Ciertamente, como se señala con frecuencia –y nosotros mismos lo hemos hecho en este espacio- el desarrollo económico no debería verse como antagónico a una adecuada condición ambiental.
Me parece que en el caso de nuestro país, esta fórmula se aplica y al efectuar una suerte de agregado de todas las iniciativas de inversión y del conjunto de actividades económicas que lleva la nación a cabo, concluiríamos que han existido mecanismos de compensación y protección hacia el ambiente que nos garantizan, en mayor grado que países con similitudes socioeconómicas, una base de eso que podríamos llamar desarrollo sostenible.
Inclusive, Costa Rica ha sido considerada como la quinta nación del mundo en calidad ambiental, en la medición que han desarrollado conjuntamente institutos de Yale y Columbia, en los Estados Unidos. Claro está, mal haríamos al contentarnos con el resultado sin antes entender la composición del indicador, las consideraciones y el peso de componentes en los cuales somos “naturalmente” favorecidos, tales como biodiversidad y disponibilidad hídrica, lo que nos permite partir de una base superior en el escalafón.
Con todo y todo, en términos generales, la apreciación mediática de finales del 2008 sobre el divorcio inminente del desarrollo económico y el aspecto ambiental no corresponde a la realidad que hemos fraguado desde mediados del siglo anterior y que nos posiciona internacionalmente como un país con buenas perspectivas ambientales.
Lo que si es cierto, es que a un nivel micro, es normal que exista una disyuntiva especialmente en el corto plazo entre la actividad humana y la calidad ambiental. Y cuando estas disyuntivas se mediatizan generan varios efectos. Sin duda, un primer efecto positivo es que revitaliza el debate nacional entorno a temas que durante ciertos periodos pueden parecer secundarios como el propio tema ambiental. Otro efecto sin embargo, un tanto más ambiguo, es similar al efecto que crean los medios sobre la violencia: mayor mediatización de la violencia genera quizá no más violencia en sí pero definitivamente una percepción de mayor inseguridad. En la dimensión ambiental que analizamos, sucede lo mismo: al sumar tres conflictos puntuales por ejemplo (Minería, Baulas y Sardinal por citar algunos) se genera una percepción de conflicto general y permanente.
Es aquí dónde se debe comprender, que en un nivel micro –que normalmente se traduce espacialmente en un nivel local- siempre va a existir cierta tirantez entre las actividades humanas y los impactos que ella generan.
Nuevamente, el mensaje es que estas tensiones no son novedosas ni perjudiciales per se. Lo que si puede resultar perjudicial es eludir el debate y obviar la existencia de parámetros técnicos entorno a las implicaciones ambientales versus los potenciales beneficios económicos y sociales.
Esto pasa por la aceptación de un principio básico: algunos proyectos son necesarios para un gran número de habitantes, ya sea de un cantón, de una provincia o hasta de un país. Cuando esto ocurre, la medición del impacto ambiental debe verse como un referente que nos permita tomar las medidas de adaptación y mitigación de los daños previsibles. Es el caso por ejemplo, de los proyectos hidroeléctricos. Su impacto inmediato, de grandes proporciones, es asumido por los pobladores de las comunidades impactadas (piense en los lugareños que deben ser desplazados en el caso de un embalse de grandes proporciones como el Proyecto Díquis).
Esta afectación de unos en beneficio de una colectividad se traduce en una transferencia de bienestar: así, quienes disfrutaremos del beneficio de las obras tendremos que reconocer que existe un impacto y ese reconocimiento no puede ser simbólico mas debe conllevar una compensación por esa transferencia.
En materia ambiental, la aplicación de esta lógica de análisis costo-beneficio conlleva la monetarización de la calidad ambiental y consecuentemente, el otorgar un valor económico (que en la práctica asuma una forma de precio) por “activos” naturales. Sin embargo, esto es un proceso complejo y que lleva implícita una fuerte carga antropocéntrica. Los economistas ambientales tenderemos a defenderlo sin embargo, a condición de que todos esos impactos puedan ser en primer lugar censados y en segundo lugar correctamente valorizados.
No debe pensarse en que esta lógica aplica solamente para un “lado” (el desarrollo de proyectos). Todo lo contrario, siguiendo el mismo análisis, es posible visibilizar ciertos beneficios ambientales que a primera vista son excluidos del análisis: esto es por ejemplo, el valor económico que la tortuga baula le genera al ecosistema o el valor económico del coral de Puerto Viejo. En ambos casos, es posible concluir que la alternativa de actividad humana (desarrollo inmobiliario y creación de una marina respectivamente), aunque muy rentable para unos, se traduce en una pérdida de bienestar para la mayoría.
Como conclusión, el tema no es si existe un conflicto entre desarrollo y ambiente. Plantearlo de esta manera, al menos en nuestro contexto, equivale a generalizar una diversidad de impactos, tanto positivos como negativos que genera en el entorno natural las actividades económicas. El conflicto no es general sino puntual y en muchos proyectos siempre estará presente: así, más que un conflicto es una disyuntiva que en cada caso, se soluciona de manera diferente y particular bajo una misma premisa: el ambiente, tanto como el aspecto económico y social, genera bienestar a la sociedad.